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Se trata de un hombre que pese a sus actividades en el campo y en Coopar, dedica el resto de su tiempo a la institución. Una vida de sacrificio y un reconocimiento a fines del 2021.

 

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Nelson Heffel aprendió los oficios rurales en la chacra de su padre, de solo 5 hectáreas en la zona de Aranguren. Tenían un modesto tambo y criaban unos 200 pollos parrilleros. Eran cuatro hermanos, que se fueron yendo de la casa paterna, a trabajar a otros campos, hasta que sólo quedó él junto a sus padres.

“Con mi padre nos levantábamos a las 4 de la mañana para ordeñar unas 12 vacas, lloviera o tronara. Aún sigo con esa responsabilidad. Recuerdo cuando juntos, preparábamos la tierra para sembrar alfalfa”, cuenta. Corría la década de 1980 y Nelson recuerda que con un emprendimiento de ese tamaño, su padre podía mantener a su familia.

“A mí me dio por ir a estudiar veterinaria a Esperanza, en Santa Fe, porque me gustaban los animales y era lo más cercano que teníamos. Pero a los 6 meses me volví porque me aburría con tanta teoría. Lo que me gustaba, y en eso tenía facilidad, era la matemática. Mis padres me pidieron que no abandonara el estudio, pero yo me volví a casa y salí a buscar trabajo. Era el año 1988 cuando me llamaron de la Cooperativa Agrícola Ganadera y de Servicios Públicos Aranguren Limitada. De octubre a mayo me pusieron a hacer monitoreo de soja. Después me pasaron a manejar una fumigadora. Pero en 1991 quedó vacante un puesto en la administración y hasta hoy estoy a cargo de la compra y venta de insumos”, relata Nelson, con buena memoria.

Nelson se casó y se fue a vivir al pueblo, pero nunca abandonó la actividad en su chacra familiar junto a su padre. Pero un día dejaron de comprarles la leche porque no tenían enfriadora. Su padre ya tenía 70 años y no le interesaba invertir. Nelson fue siempre muy medido, ahorró y decidió invertir en su tambo familiar, que había quedado a su cargo. En 2003 vendió la chacra de su padre y compró 11 hectáreas pegadas a Aranguren. Luego compró 17 más, completando 28.

Allí armó un tambo eléctrico, que empezó con 11 vacas. Hoy lleva 11 años comprando toros de raza Pardo-Suizo para hacer cruza con las Holando. El primero toro que compró a la Escuela Agrotécnica Las Delicias, de Paraná, fue a competir a Palermo. Las vacas ya son casi totalmente Pardo-Suizo, que son más chicas que las Holando. Su leche es más “gorda”. La Holando tiene un 3,5% a 4% de grasa y la Pardo-Suizo tiene un 6%. Además los novillos Holando son huesudos, y los Pardo son más carnosos.

Hoy Nelson tiene 22 vacas en ordeñe, pero en total tiene unos 150 animales. Unos 70 de cría, 40 novillitos y 30 terneros. Además tiene 8 cerdas de cría y unos caballos.

Nelson se casó y tiene tres hijos. Al mayor, Damián, le mejoró la casa del casero del campo para vivir mientras trabaja de encargado del depósito de insumos en la cooperativa. Carolina es maestra y vive en la misma chacra con su marido, Francisco, quien es el encargado del tambo y ordeña todas las mañanas junto a Nelson, unos 350 litros por día.

Ellos venden la leche fluída en tachos de aluminio. Con la leche que sobra, su hija Martina, comenzó a hacer quesos saborizados y un sardo. Su esposa María del Carmen comenzó a hacer dulce de leche y venden todo. Ella aclara que no le pone esencia de vainilla sino sólo bicarbonato y azúcar.

Es gracioso que la chacra se llama El Negro, siendo que Nelson es un gringo bien rubio de ascendencia alemana, pero de aquellos que llegaron desde Rusia.

Y como si fuera que Nelson hubiese tenido poca actividad a lo largo de su vida, le nació otra pasión que le llevaría varias horas de sus noches, pero le traería muchas satisfacciones: el fútbol. Resulta que su hijo jugaba este deporte en el Club Deportivo y Cultural Aranguren, creado en 1961.

Era un modesto club con un campito de 4 hectáreas, sin pasto, sólo con gramilla, cercado para las jineteadas que se hacían en el festival anual. Mejor dicho, las hicieron durante 25 años hasta 2015, que pasó un tornado en plena fiesta, derribando una torre de iluminación, la cual explotó al chocar contra el suelo. Milagrosamente no hubo víctimas, pero fue tal el susto, que a partir de ese hecho espantoso, el campito quedó sólo para el futbol.

Entre doce familias de los pibes en el año 2000 se les ocurrió crear la Comisión de padres de apoyo al fútbol de Aranguren. Fue un esfuerzo mixto, entre el pequeño club y la municipalidad. Y Nelson fue nombrado presidente.

Nelson comenzó a buscar auspiciantes del club por todo su pueblo y también entre los viajantes que pasaban por la cooperativa. Por ejemplo le pidió a su gran amigo “Sejo” Sosa, que trabajaba para ACA Semillas. Poco a poco fueron sumando “gurises” al plantel y en el 2007 llegaron a formar la primera división, de modo que empezaron a competir en la Primera de las ligas zonales.

Fueron invirtiendo, al punto que la cancha hoy cuenta con riego artificial, una buena iluminación, cerco perimetral y más tarde, tribunas con tablones para 400 personas.

Nelson no sólo era el presidente de la comisión, sino que además dirigía el equipo junto a un ex jugador, de modo muy casero. Pero corría el año 2014 y decidieron profesionalizarse porque no lograban llegar ni a la final de los campeonatos. En 2015 contrataron a un director técnico y a un profesor de educación física. El cambio se notó porque ese año llegaron a la final de la Unión de Ligas que abarca 30 clubes de los departamentos de Nogoyá –al que pertenece Aranguren-, Victoria y Rosario del Tala.

Fue tal la conmoción en los jugadores, que todos se largaron a llorar y abrazarse como nunca. Ese mismo año, ellos y sus padres, por haber llegado a ser subcampeones luego de tantos años de sacrificio, decidieron darle a Nelson una sorpresa.

Antes de comenzar el último partido del año, llamaron a Heffel para que se acercara al centro de la cancha. Y le entregaron una placa en la cual decía que el estadio pasaría a llamarse con su nombre. En ese instante, a Nelson se le vino encima su vida entera. Recordó cuando de chico él se escapaba, a caballo, para jugar al fútbol que tanto le apasionaba, y que soñaba con ser profesional, pero que no prosperó porque no tuvo una formación como la que ahora tienen los chicos de su club. Uno de ellos llegó a la reserva de Racing.

Todos los días, durante años y hasta hoy, Nelson sale de la cooperativa para trabajar en el club hasta las once de la noche y ver jugar a sus muchachos, que siempre ponen toda “su garra” en la cancha. Su esposa y su hija Carolina siempre atendieron la cantina, amasando para las empandas y las tortas fritas.

Lloró Nelson ese día porque sus padres no llegaron a estar con él para recibir semejante honra. Muchas veces, su madre le decía: “Ordeñás todos los días, trabajás en la cooperativa y te pasás todas las noches y los domingos en el club. ¿Cuándo vas a descansar?” Su padre le giñaba un ojo, y cuando había partido, se iba con él. Hoy, los viajantes le preguntan si ese Nelson Heffel del cartel del estadio, es por su padre… Pero es él.

A Nelson, este reconocimiento en vida le cargó una mayor responsabilidad: de ir por más y no descansará hasta ver que sus pibes hayan salido campeones. Nelson compartió la canción Dale Verde, por “La Sin Nombre”, dedicada al “Verde de Aranguren”.  (Fuente: Bichos de Campo)

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